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Entrevista al P. José Bejarano Martínez, MG (2a parte)

Estimados Padrinos y Madrinas, continuamos compartiendo con ustedes la entrevista realizada al P. José Bejarano Martínez, MG, que este mes festeja 50 años de sacerdocio misionero.

Leer más: Entrevista al P. José Bejarano Martínez, MG (1a parte)

Padre, ¿usted eligió la Misión de Kenia o cómo fue que llegó allá?

En primer lugar, por la gracia de Dios, sin lugar a dudas. Y en segundo, por aquel artículo que vi en la revista Almas; desde muy pequeño quería ser misionero en Kenia, nuestra primera Misión en África.

Creo que una cosa que me ayudó mucho en la vida fue que siempre tuve la inquietud de seguir ayudando en el trabajo de campo. Trabajé desde muy pequeño y cuando salía del seminario a vacaciones largas, lo hacía de nuevo, pero un día me surgió la inquietud de trabajar más que cuando iba de vacaciones. Pensé: “En el seminario lo tengo todo para mi formación en todos aspectos. En casa también lo tengo todo. Mejor me voy a salir para trabajar”.

Le dije al P. Alejandro Ríos Zalapa, MG, que de Dios goce: “Deme un año para ir a trabajar fuera, para sufrir como la gente sufre, para mantenerme por mi cuenta, para ser un cristiano como los demás —a ver qué tan buen cristiano soy—, para no juzgar a los demás sin antes haber vivido esas situaciones ordinarias de la vida”. No iba yo en busca de placeres, sino de aprendizaje.

Ayudé dos meses, como siempre, en vacaciones. Luego fui a Alburquerque, Nuevo México, y trabajé como chalán en la construcción; fue muy pesado, pero, gracias a Dios, también lo gocé pues vivía y sufría con la gente y para la gente. Después fui a Los Ángeles y trabajé en una fábrica de cerámica. Todo eso me ayudó muchísimo y volví con más ganas después de ese año; hice mi noviciado y otro año de formación, y me ordené.

Como sacerdote, primero estuve en el Seminario Menor, en México, y luego en el de Tlaquepaque, porque en ese tiempo había dos seminarios menores. Después me fui a África, donde fui intensamente feliz. La gente me decía que allá había muchas privaciones, pero sabía que Dios me había llamado y estaba muy seguro de lo que Él quería de mí. Nunca me cansaba de recorrer pueblo por pueblo, casa por casa; de llevar la Palabra de Dios y compartirla todo el día en el contacto con la gente. Aprendí su cultura y tres idiomas. La mayor parte del tiempo fui párroco.

¿Qué es lo que recuerda con más cariño de su vida en la Misión de Kenia?

El contacto con la gente, con Dios, con la naturaleza viva. Aprender de ellos; son mucho más civilizados que nosotros, mucho más unidos, abiertos y comprensivos. También había conflictos entre tribus y en esos tiempos difíciles ayudaba a refugiados de una y otra tribu, pues fui por toda la gente y la Iglesia no hace distinciones. Cuando llegaba ayuda internacional se repartía a todos los que necesitaban y no a los que podían conseguir cosas de otra manera ni exclusivamente a los católicos. Eso me dio una gran alegría y me la sigue dando eternamente.

¿Tuvo oportunidad de coincidir con su hermano Pablo en la Misión de Kenia?

Sí, para bien mío y, a veces, para mal de él. Yo llevaba la evangelización y la pastoral, y él me ayudaba muchísimo. Era un hombre muy entregado, muy santo, muy querido por la gente, de mucha oración y muy dedicado para aprender los idiomas; él aprendió cuatro idiomas locales, porque lo cambiaron a varias regiones.

En una temporada estuve solo y no tenía tiempo para visitar las escuelas, las casas de todos los pueblos, así que él me ayudó: muy apostólico, muy trabajador y entregado; fue siempre queridísimo por la gente allá, y también en Perú y en Cuba. Le agradezco porque nunca me dijo que me metiera al seminario, no influyó más que orando por mí.

¿Cuál es su sentir de haber compartido con él la hermandad como Misionero de Guadalupe?

Una gran alegría, primero porque entré muy chico al seminario y no había vivido con ningún hermano en el periodo de adolescencia y juventud. Además, compartir con un hermano que fue sacerdote, y que sigue siendo sacerdote en el cielo, me ayudó en mi vida espiritual por el ejemplo de vida que daba tanto a mí como a otros misioneros. Siempre todos lo tuvimos como un hombre santo, muy feliz de su vocación, muy alegre dentro de su formalidad y su seriedad. Siempre dio clara muestra de que él estaba para Dios y para la gente en primer lugar.

Y respecto a sus labores en México, ¿cómo fue su trabajo en la formación de seminaristas?

Muy agradable, muy placentero. Me sentí muy realizado al convivir y conocer a cada uno de ellos a profundidad. Cuando me tocó ser encargado del noviciado, me dijo muy alegre un alumno, el ahora padre Carlos Domingo May Correa, MG, que yo había sido el primero de los padres a cargo de su formación que había ido a su casa a conocer a su familia. Yo lo veía como lo más normal, pues, si quería conocerlos, necesitaba convivir con su familia.

Otra gran alegría me la dio un muchacho que no se ordenó, pero es hermano de un sacerdote. También alumno en el noviciado, me dijo: “Te agradezco infinitamente que siempre supiste sacar lo mejor de mí, ayudarme para crecer más”.

Actualmente se encuentra en la Casa san José, ¿qué actividades desempeña?

Aquí es un lugar propio para los sacerdotes enfermos. Los que cumplimos 70 años tenemos la opción de jubilarnos o seguir activos. Yo decidí seguir activo, pero se me pidió estar aquí porque estaba muy enfermo después de un periodo muy difícil que pasé en la Diócesis de Parral, donde colaboré en la pastoral. Vine acá y me recuperé, gracias a Dios, pero me pidieron quedarme. Al principio fue difícil, aunque ahora me sobra trabajo dando servicios en parroquias, hospitales, nuestra casa de oración, a grupos de niños y adolescentes que nos visitan, y en consejería espiritual.

¿Qué les diría a los jóvenes para interesarlos en el sacerdocio misionero como un proyecto de vida?

Que vuelvan a sus raíces. Nuestras raíces son cristianas, católicas y evangélicas, no en el sentido protestante, sino en el sentido de volver todos al evangelio. Les diría que, del misal diario, tomen el evangelio de cada día y lo mediten, y Dios les va a decir qué hacer en la vida. Respondiéndole a Dios van a ser mejores profesionistas y católicos comprometidos de los que surgirá un nuevo liderazgo humano y cristiano. También les diría que cuando se sientan llamados respondan con generosidad, dejando todo lo que tengan que dejar, a ejemplo de los apóstoles, y ofreciendo la vida por Cristo y por la Iglesia católica.

¿Algún mensaje que le quiera dar a nuestros Padrinos y Madrinas?

Que tengan la conciencia de engendrar seres humanos para la verdadera vida, enseñando valores y siguiendo permanentemente en la oración, la entrega, el sacrificio, la evangelización a través de la meditación de la Palabra, para que haya más vocaciones y un mejor ambiente humano y cristiano. ¿Quiénes más que los padres y madres de familia para transmitir esos valores? Eso es parte de la evangelización que a ellos les toca.