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Entrevista al P. José Bejarano Martínez, MG (1a parte)

Estimados bienhechores, les compartimos una entrevista realizada al P. José Bejarano Martínez, MG, uno de nuestros padres mayores, quien colaboró durante varios años en México, en la Misión de Kenia y en la formación de seminaristas, y cuyo 50 aniversario sacerdotal se celebrará el próximo mes.

Buenos días, padre José, podría comenzar diciéndonos ¿cómo se vivía la fe en su familia?

Buenos días. De parte sobre todo de nuestra mamá, Celia Martínez de Bejarano, que de Dios goce, aprendimos la práctica diaria del Rosario y el contacto con Dios en todo momento; y de parte de nuestro papá, Pablo Bejarano Olivas, una guía segura y firme, orden, disciplina, trabajo y entrega. Eran cualidades que ellos trataron de infundir en nosotros. Éramos diez hermanos; nacimos doce, pero dos murieron pequeños.

Nuestra mamá, especialmente, nos infundió el servicio con la gente del pueblo. En aquellos tiempos éramos más compartidos. Por ejemplo, cuando se mataba un marrano, no era comida nada más para nosotros, nuestra mamá nos mandaba a casa de fulanita y a casa de sutanita a llevar algún pedazo de carne.

A los 75 años que tengo recuerdo muy bien que mi mamá me llevaba, siendo yo muy pequeño, cuando visitaba casa por casa tratando de regresar a los que se habían ido de la práctica religiosa o a los que, de alguna manera, vivían como católicos, pero un poco laxos. Según el caso, les aconsejaba. Por ejemplo, si era una pareja que no estaba casada por la Iglesia, los animaba a que se casaran para que pudieran recibir la Comunión y llevar a sus hijos a la Misa; o a otros los animaba a ser constantes en enviar a sus niños al catecismo.

El pueblo tenía como dos mil habitantes y en cada ocasión visitaba alguna sección distinta. Yo iba muy feliz por acompañarla y ser llevado de la mano por ella. Naturalmente aún no entendía lo que aquello significaba a profundidad. Por ejemplo, por muchos años pensé que el llamado de Dios era para ser piloto aviador militar, para servir a la patria y entregar mi vida por México. Pero después de un tiempo supe que no era el camino y empecé, con mucho afán, con mucha fe, a pedirle a Dios que me dijera qué era lo que quería de mí. Y Dios me oyó.

Para ese tiempo ya había entrado Pablo, nuestro hermano mayor (en africano se dice “nuestro”, no “mío” cuando somos varios hermanos) al Seminario Mexicano de Misiones Extranjeras en la Ciudad de México, con Misioneros de Guadalupe. Él, que en paz descanse, estuvo en total 40 años en nuestras Misiones: primero estuvo 28 años en Kenia, luego tres en Perú, y, al final, nueve en Cuba, donde murió. Pero te decía, cuando él recién había entrado al seminario nos empezó a llegar la revista Almas, y ahí vi un artículo donde aparecían fotos de padres mexicanos que trabajaban en Kenia: me entró una alegría inmensa, como no tienes ni idea, porque vi la luz. Le di muchas gracias al Señor porque no me cabía tanta alegría de haber obtenido una respuesta clara tan pronto. De ahí en adelante jamás dudé, jamás he dudado y jamás dudaré de mi vocación para ser misionero. Aunque por muchos años tuve la idea de ser piloto aviador militar, cuando supe que Dios me quería llevar por otro rumbo, le di las gracias y le dije: “Bendito seas, Señor, que en realidad lo que tú quieres de mí es que dé mi vida a los demás, y eso me va a dar felicidad”.

A raíz de eso entré al Seminario de Misiones, poco antes del final de 1956. Pasé unos cuantos días en la Ciudad de México y luego vine a Guadalajara con un grupo y con el encargado de vocaciones, el padre José Álvarez Herrera, también Misionero de Guadalupe, que de Dios goce. Mientras estuve en Ciudad de México, en el Seminario Mayor, le aseguré a los alumnos de cursos superiores que yo no venía a ver si me quedaba, sino que estaba seguro de que quería ser Misionero de Guadalupe. No había cumplido ni siquiera los doce años, pero ya estaba seguro y así ocurrió.

Antes de entrar le había pedido a Pablo que me llevara la gramática latina y la gramática griega, y estudié por mi cuenta allá en casa, en Estación Conchos, municipio de Saucillo, Chihuahua. Así inicié mi preparación, y estando en El Cuatro fueron años de mucha alegría, de mucha felicidad desde el principio. Teníamos un ambiente de pueblo, un ambiente de una inmensa paz, parecía un paraíso, aun físicamente.

¿Puede compartirnos alguna anécdota que recuerde con mucho cariño de esos tiempos de seminarista?

En donde ahora está la arquería, ahí teníamos nuestro comedor, y un día llegó el padre Chabelo, José Isabel Sánchez, que trabaja en la Diócesis de Tlalnepantla, y, por el deseo de formarnos mejor como misioneros, sin más ni más partió un huevo crudo, lo puso encima del arroz y dijo: “Órale, cómetelo porque vas a ser misionero”. Nos contaban historias de cuando a cierto sacerdote jesuita, no sé si en Filipinas o en qué parte, le tocó comer en realidad pollo, más que huevo, porque ya estaba crecidito el pollo y así lo tuvo que comer. ¡Espero que no lo haya comido crudo!, ese detalle no nos lo dijeron.

Recuerdo la disciplina, el orden, la constancia, todo en un clima ideal, porque era muy diferente, era un clima agradabilísimo todo el año acá en El Cuatro, en Tlaquepaque, muy cerca de Guadalajara. Y en el reto de los estudios a veces algunos sufrían mucho, especialmente por los idiomas, y entonces se les hacía burla, pero con cosas sencillas y simples que nos hacían reír, o también, no faltaba alguien que fuera muy travieso o que tuviera ocurrencias tremendas.

Continuará…