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Entrevista al P. Francisco Arriaga M., MG (2ª parte)

Queridos Padrinos y Madrinas, les presentamos la segunda parte de la entrevista realizada al P. Francisco Arriaga Méndez, MG, originario de San Nicolás, Mich., quien ingresó al Seminario de Misiones el día de su fundación. Entre sus labores destacan haberse hecho cargo de los enfermos de Sorokto, así como haber sido Superior de la Misión de Corea.

Padre Francisco, platíquenos un poco de su llegada a Corea.

Yo llegué el 9 de marzo de 1964 a Corea. Cuando llegué éramos cinco. Al P. Rodolfo Navarro Guerra, MG, ya desde acá, se le nombró como encargado; era nuestro superior. También íbamos José Luis Sánchez, Esteban Ortega y yo. Un 9 de febrero abordamos en San Francisco un barco carguero y estuvimos un mes exacto en el viaje hasta Taipéi, y luego otra vez viajamos a Japón, y de ahí a Corea. Cuando bajamos del barco preguntamos: “¿Aquí qué es?”. “Es Corea, es Pusan”, y nos quedamos admirados.

En ese año empezaba la escuela de lenguas para extranjeros de los padres franciscanos. Era el primer año y a los profesores se les dificultaba enseñar. Nosotros nos hospedamos en Suncheón, en una parroquia atendida por un sacerdote irlandés y en casa de un feligrés. Pasamos cinco meses ahí, y en ocasiones oficiamos Misa en comunidades, la cual aún era en latín.

En octubre me mandaron a Sorokto. Apenas con unos días ahí el cura me dijo que me fuera a la prisión, pues había ahí una prisión de leprosos donde se hacían bautizos y otros servicios. La primera vez que estuve ahí fue bajo la autoridad de un obispo norteamericano, misionero columbano.

¿Estuvo en Sorokto muchos años?

Veinte años en total, de varias veces que me mandaron. No había quién fuera. La primera vez estuve como un año y luego me fui a practicar la lengua un poquito con los franciscanos otra vez. Ahí me encontré un obispo que me pidió que lo ayudara: “No te apures, haz lo que puedas”, me dijo. Y ahí estuve, trabajando y con la autoridad que me daba el obispo. Pero poco después otra vez el obispo norteamericano me dijo que no había quien fuera al leprosario, y regresé. Había como seis mil leprosos y había monjitas de la caridad, de Austria, y ellas hacían todo, ¡porque no había médico siquiera!

Estuve 20 años en total, ya cuando me veían me decían: “Ya llegó este padre otra vez a su terruño”. Estuvieron otros padres MG que pedían hacer pastoral ahí, pero luego de un rato los llamaban a México o los mandaban a otro lado, y ahí iba yo otra vez.

¿Tuvo alguna dificultad al realizar su trabajo?

Me da pena comentarlo, pero algunos compañeros sacerdotes y otros colaboradores fueron difíciles. El trabajo en el leprosario era complicado y no cualquiera tenía aptitudes para atender adecuadamente a los enfermos. A veces se le daba la confianza a alguna persona y se delegaban tareas, pero no siempre eran responsables; bastaba que me ausentara un tiempo y cuando regresaba ya se habían hecho muchos cambios innecesarios. En ocasiones la gente me preguntaba por qué dejaban de recibir tal o cual servicio, y no sabía ni de qué me hablaban. Entonces me tocaba resolver las cosas y tratar de mantener todo coordinado de la mejor manera.

¿Y cuando dejó el leprosario a dónde fue?

Suncheón, en la única parroquia que había ahí. También atendí otras parroquias, como Polguio, Koheung y Kure, y fui Superior de la Misión.

¿Qué recuerda en especial de Corea?

La fiesta que hacen cuando uno cumple 60 años. Es la fiesta más grande que se realiza en Corea. Durante mi festejo fui acompañado por el arzobispo, y lo mismo ocurrió cuando cumplí 25 años de sacerdocio. En la fiesta por los 60 años la gente suele utilizar las vestimentas tradicionales de Corea, y hay muchos padres de la Misión que suelen vestir como coreanos para acompañar a las personas.

¿Podría dar algún mensaje a los jóvenes que tienen inquietud de ser misioneros? ¿Algunas palabras acerca de lo que significa para usted ser Misionero de Guadalupe?

Cuando vivía en el rancho, ahí y en los ranchos vecinos muchas chavas querían ser mis novias, pero yo ya tenía mi plan de ir al seminario. También tuve familiares muy revoltosos que querían jalarme, pero yo a lo mío, y ya años después los veía a veces que iba a dar Misa o a colectas.

Pero yo, desde el primer momento en que fui al seminario, quemé todas mis naves y di por terminado cualquier otro interés. De hecho, nunca más regresé a trabajar al rancho; ni siquiera se me ocurrió. Cuando era alumno del seminario pensaba que, por la edad o la falta de preparación, iban a correrme, pero nunca ocurrió; antes salieron de ahí otros compañeros. Y es que a mí me gustó mucho todo en mi formación y me dediqué a ella con mucho empeño.

En el seminario y en todas las parroquias me quisieron mucho. Para mí ser Misionero de Guadalupe es exactamente ser enviado por Dios. Realmente para mí esta vida es entrega total; para mí fue definitivo desde antes de mi entrada al seminario.

Padre, le agradecemos todas las experiencias que nos ha compartido y le pedimos a Dios, nuestro Señor, que lo siga bendiciendo. Sin duda su labor con los leprosos en Sorokto fue una labor misionera muy difícil, y gracias a usted el instituto estuvo presente ahí.