Entrevista al P. Francisco Arriaga M., MG (1ª parte)

Estimados lectores, en esta ocasión les compartimos una entrevista realizada al P. Francisco Arriaga Méndez, MG, uno de los alumnos fundadores del Seminario de Misiones y quien desde 1963 compartió el Evangelio con nuestros hermanos en la Misión de Corea del Sur.

Buenos días, P. Francisco, nos da mucho gusto estar con usted. ¿Podría comenzar por contarnos cómo creció y de qué manera decidió ser sacerdote misionero?

Yo nací casi a caballo. Mi abuelito era mucho de caballos finos. Fui el primero de 14 hermanos. Mi mamá se casó de 14 años; mi papá, de 21. A los dos años nací y no me pudieron criar: era travieso y todo el día les tumbaba los platos de la cocina; para comer atrancaban la puerta, estando yo adentro, y entonces me ponía a llorar, pasaba mi abuelito y decía: “¡Ay, pobrecito! ¡Me lo voy a llevar!”, y siempre le decían: “¡Lléveselo!, ¡se lo regalamos!”. Y entonces mis abuelos me criaron, porque al final mi mamá no pudo. Ya viviendo con ellos, había un señor que trabajaba en la hacienda San Martín y me quería mucho; él llevaba comida a caballo. Además, todos los domingos, por donde anduviesen mis abuelos a caballo, también estaba yo.

Después mataron a una hermana de mi papá. Ella tenía tres hijas y dos hijos. Su esposo era Gregorio Alcántara y era quien arreglaba todos los negocios del rancho y todos lo querían mucho. Pero a él también lo mataron y en cuatro meses se quedó toda esa familia sin papás, por lo que mi abuelito recogió a las muchachas, que eran tres: dos más grandes que yo y una de mi misma edad. El abuelo por parte de mi papá recogió a los dos hombres: Martín y Alfonso.

Mis primas resultaron más terribles que yo y no las aguanté, así que me fui a casa de mis papás, que estaban ya en otro lugar. Siempre, al estar en el campo por la mañana, mi mamá me subía al caballo y me decía: “Lleva la comida a tu papá, y el almuerzo. El caballo ya sabe el camino”, así que me trepaba y no podía bajarme. Después me decían: “Vete a la casa otra vez… Otra vez la comida”, y así pasaba todo el día a caballo vuelta y vuelta.

Ya cuando pude, empecé a ayudar a mi papá en el campo. Él tenía mucho terreno y tres yuntas; me encargaba de una, mi papá de otra, y la tercera entre los dos. Mucho tiempo dormía yo en el campo, pues estaba muy lejos donde trabajábamos. Había que llevar todos los días a los bueyes y me quedaba cuidándolos en la noche, a caballo, porque había muchas víboras de cascabel en ese lugar. Y una vez ahí estaba y vi que en mi rancho pasaban dos muchachos de Janambo los lunes. “¿Y esos qué traen?”, pregunté. “Ah, están preparándose para el seminario”, me dijeron. “Ah, ¿y yo por qué no?”, me dije.

Ya después le dije a mi papá, a los 12 años, que quería ir al seminario, pero me dijo que no se podía. “Te doy lo que quieras”, me dijo. Y le pedí un molino de nixtamal. Un molinero me enseñó el oficio y pasé cinco años trabajando así: a las cinco de la mañana empezaba y a las 12 acababa; lavaba las piedras, después armaba el molino y llevaba el agua, que estaba lejos, en un terreno de mi abuelito, un terreno grande que tenía el único ojo de agua del lugar. El rancho fue creciendo y ya no alcanzaba el agua, así que luego iba a otro rancho por agua.

Yo tenía la mejor caballada, porque mi papá compraba el caballo que ganaba en las carreras. Por eso me iba con los vicarios para llevar Misas a los ranchos. Un día llegó un sacerdote y me hice su amigo; le dije que me ayudara a entrar al seminario. “¡Qué seminario ni que nada! ¡Búscate a una chava y cásate!”, me dijo. No lo volví a ver, pero llegó otro nuevo que se parecía mucho a mí en la cara y en la voz. La gente me besaba la mano y les tenía que decir que yo no era el padre. Pero él me ayudó mucho y me quiso mucho. Empezó a mandar vocaciones a los seminarios. Fuimos 14 muchachos a Jalapa, puros rancheros. No teníamos escuela, así que nomás cinco meses te preparaban un poquito y te mandaban al seminario. Yo fui a Jalapa de 18 años, los demás eran puros chiquillos de 10 u 11 años; entonces fui el “abuelo” en Jalapa.

¿Y en qué momento llegó usted a Misioneros de Guadalupe?

En tercero de Filosofía. Ahí en Jalapa me quisieron mucho. Yo surtía la cocina, era fuerte y cargaba el costal de maíz y el de frijoles, y las cocineras me querían mucho. Cuidaba a los de primero de Latín y Sergio a los de segundo.

¿Se refiere al Card. Sergio Obeso Rivera?

¡Exacto! Fue mi compañero. Y también conocí al arzobispo de Monterrey, Suárez1, ahí estaba estudiando. Yo salí y él se quedó ahí. Sergio se fue a Roma y ya después nos vimos poco…

Un día estábamos cansados después de ir a la catedral, y en la tarde, en el estudio, entraron al salón y yo me salí. No sabía a dónde ir y fui con el director espiritual. “Pasa, ¿qué se te ofrece?”, me preguntó. Era un jesuita español y le dije que quería ser misionero, sin pensar en nada. Él me dijo: “A ver cómo le hacemos, porque aquí no tenemos eso. Quizás puedas estudiar en Italia o en España”, y ahí quedó.

Pero poco después, uno de mis “nietos” me dijo: “Abuelito, aquí está la dirección de Mons. Escalante. Escríbele y ve al seminario”. No sé cómo supo de él, pero en la noche hice la carta y la puse en el buzón, e hice mi petición a Dios.

Mons. Escalante y yo nos escribimos varias veces; también le hablaba un poquito al P. Álvarez2. Tiempo después me llegó la carta que decía “Aceptado”; de setenta solicitudes sólo se admitieron 12. El día que ingresaba al Seminario de Misiones era el mismo en que salía del Seminario de Jalapa. El rector celebró la Misa y nos acompañaron todos los seminaristas; después me llevó al autobús.

(Continuará…)

1. Se refiere al Card. Adolfo Antonio Suárez Rivera†, Arzobispo de Monterrey de 1983 a 2003.

2. P. José Álvarez Herrera, MG†.