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Editorial, mayo 2020

P. Salvador Arufe Gil, MG
Misionero en México

Estimados Padrinos y Madrinas, soy el P. Salvador Arufe Gil, MG. Nací el 28 de diciembre de 1952, en Guadalajara, Jal. Recuerdo que, cuando Mons. Antonio Sahagún López era párroco del Templo de la Santísima Trinidad, me invitó para que fuera acólito y con mucho gusto acepté. Desde entonces sentí el llamado a la vocación, pero no diocesana, sino para ser misionero en otros países. Tuve el gran privilegio de ser ordenado por él mismo, siendo ya Obispo Auxiliar de Guadalajara, el 19 de julio de 1980, en el Santuario de Guadalupe. A veces los fieles me preguntan por qué decidí ser sacerdote, y en el fondo de mi ser no sé qué contestar. Creo que la vocación al sacerdocio es un misterio, pero hay que dar una respuesta día con día a ese llamado.

Actualmente tengo 40 años de sacerdote y agradezco a Dios por haberme llamado a esta vocación misionera, aunque no lo merezca. De estos 40 años, 20 los pasé en Corea del Sur. Creo que valió mucho la pena estar en ese país asiático, donde más que ir a “enseñar”, aprendí bastante y comprobé que lo más importante de ser misionero es dar testimonio de nuestra vida cotidiana y nuestra fe.

En México he tenido la oportunidad de trabajar primordialmente en la atención a ustedes, nuestros Padrinos y Madrinas, que con su cooperación espiritual y económica han sido la columna vertebral para que la obra misionera del Instituto se desarrolle.

Este mes festejamos a nuestras madres, aunque en ocasiones no alcanzan las palabras para describir los sentimientos. Recuerdo que mi mamá me decía que no quería cosas materiales, sino que el mejor regalo que podía recibir era una familia unida y que hubiera armonía entre todos sus hijos. Por eso, les envío un saludo muy especial a nuestras Madrinas y a todas las mamás que ya gozan de la vida eterna, pero que siempre actuaron siguiendo el ejemplo de María santísima, que acompañó a Jesús desde su nacimiento hasta la cruz. ¡Espero que sean siempre el alma de cada una de sus familias!