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Dios siembra el don de la vocación

S. Manuel Hernández Rivera

¡Estimados Padrinos, para mí es un gusto saludarlos a través de la revista Almas! Quisiera agradecerles todo el apoyo que nos brindan cada día por medio de la caridad y la oración. Sin duda, ustedes son pilares para nuestra formación. Creo firmemente que Dios se lo recompensará a ustedes, pues, como dice el apóstol: “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9, 7). Y es que Él, que es el fundamento de nuestra vida, nos ha llamado a una vocación específica, a unos como laicos, a otros como religiosos y a otros al sacerdocio, y en cada vocación nos invita a compartir la vida, lo que tenemos y lo que somos. Por esta razón quisiera compartirles mi experiencia vocacional.

Mi nombre es Manuel y soy originario de Villahermosa, Tab. Tengo 25 años y actualmente curso el cuarto año de Teología, también llamado etapa configuradora. Soy el menor de cuatro hermanos. Mis padres, dos personas creyentes, me compartieron la fe cristiana desde muy pequeño y me enseñaron a vivirla con devoción.

Cuando mi papá me llevaba a Misa, conocí a un gran sacerdote que compartía su vida y su fe con nosotros. Era nuestro párroco, pero un día murió en un accidente automovilístico. Con seguridad puedo decir que ahí comenzó mi inquietud vocacional, pues tiempo después el testimonio de aquel sacerdote y su pérdida me hicieron reflexionar: “Un sacerdote menos, una necesidad más”. Entonces me sentía llamado a continuar su labor. ¿Era acaso Dios quien me hablaba a través de la reflexión? ¿Él me invitaba a su proyecto? No lo sabía, pues sólo era un niño, pero la inquietud estaba ahí.

Entonces comencé a participar activamente en mi comunidad parroquial, hasta que conocí a los Misioneros de Guadalupe. Con ellos emprendí mi aventura misionera. Sentía que Dios no sólo me invitaba a seguirlo, sino también a anunciarlo, y específicamente a los que no lo conocían. Comencé mi proceso vocacional en el Centro de Orientación Vocacional (COV) cuando contaba tan sólo con 12 años.

En medio de las actividades, los campamentos y las jornadas de oración, me iba enamorando de la actividad misionera y en mi cabeza hacía eco aquel mandato del Señor: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19), y, como decía san Pablo: “Ay de mí si no predico el Evangelio” (1Cor 9, 16), porque la experiencia de Dios siempre se comparte con los demás. ¿Era posible que a mi corta edad comprendiera todo esto? Seguramente no, pero Dios iba poniendo la semilla de mi vocación y yo únicamente tenía que regarla.

Después de tres años en el proceso vocacional, ingresé al Seminario Menor y me sentía muy emocionado por esa nueva experiencia. Recuerdo que fue un 15 de agosto, una fecha inolvidable que me evoca a la experiencia de los discípulos de Jesús: “Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde” (Jn, 1, 37-39). Aquella experiencia debió ser tan impactante que no olvidaron la hora. Así también yo recuerdo con mucho cariño ese día; estaba convencido de que Jesús me había llamado para estar con Él.

En el Seminario Menor aprendí a convivir con un grupo de adolescentes que buscábamos ese ideal. Fue una gran experiencia. Dejaron de ser simples compañeros de aventura y se convirtieron en mis hermanos. Para mí son un don de Dios, porque junto a ellos fui configurando mi personalidad: el servicio, la entrega, la escucha, la paciencia y el liderazgo. Puedo decir que esa ha sido una de las mejores etapas de mi vida.

Pero aquella aventura sólo duró tres años, puesto que, al concluir mis estudios de preparatoria, avancé a mi nueva etapa: el Seminario Mayor. Por consiguiente, comencé mis estudios de Filosofía, con nuevas aventuras, nuevos amigos y nuevas formas de vivir mi fe. Durante ese tiempo, mi fe y mi vocación pasaron por un proceso de duda. Ya era un joven universitario movido por las modas del momento. Sabía que estos momentos de crisis eran necesarios para pulir mi vocación y dar una respuesta auténtica y generosa; se trataba de una renuncia en favor de lo que yo había elegido: el sacerdocio misionero. Entonces comprendí aquellas palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue su cruz y me siga” (Mc, 8, 34). ¡La invitación era clara!

En efecto, al concluir los estudios de Filosofía continué en una de las mejores etapas de mi formación: el Curso de Espiritualidad y Pastoral (Cespa). Fue un momento para reflexionar con profundidad sobre mi vida de una manera integral; seguir creciendo en lo humano y en lo espiritual, además de conocer más al Instituto y su trabajo en la Iglesia. Sin embargo, lo que más me apasionó fue insertarme en una comunidad, acompañarla en el trabajo parroquial, conocer y comprender su cultura, y valorar la riqueza cultural que hay en nuestro país. Compartir la fe con aquellas personas fue una aventura extraordinaria. Sin duda me sentía acompañado por Dios; Él hacía su obra y yo me sentía su enviado: “Él estaba en mi boca, Él me indicaba lo que debía decir» (Ex 4, 12). Pero ¿eso era posible? Con los ojos de la fe, sí. A pesar de mis limitaciones, Dios estaba en mis aciertos.

Esta experiencia de oración y trabajo en el Valle del Mezquital concluyó cuando ingresé a la etapa de Teología, en la que me encuentro actualmente. Era necesario bajar de aquel “monte Tabor” para continuar mi formación. Así que comencé mis estudios teológicos con muchas expectativas. Ha sido para mí una etapa favorable, de encuentro con los hermanos del seminario, de responsabilidades y exigencias en el apostolado y el campo misión; y también de compromisos con mi vocación. Una etapa de reflexión y decisiones, pero sobre todo de fe. No basta conocer a Dios, sino que hay que dialogar con Él.

Queridos Padrinos, la vocación es una aventura porque Dios nos llama a cada uno, de diferentes modos, para construir juntos su Reino. Muchos en este camino nos hemos preguntado: “¿Por qué yo, Señor? ¿Por qué me escogiste a mí, habiendo tantos mejores que yo?”. Pero he comprendido que, ante mis limitaciones, miedos y angustias, incluso ante mis ilusiones, proyectos y deseos, el Señor siempre me dirá, como a san Pablo: “Te basta mi gracia” (2Cor 12, 9), pues en mi debilidad se muestra su fuerza. Así que, si conocen a alguien con esta inquietud, ¡no duden en animarlo! Quizás Dios está sembrando en esa persona el don de la vocación y sólo falta que responda: “Heme aquí, envíame” (Is 6, 8).