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La medicina que puede vencer a cualquier pandemia

Por P. José Guadalupe Martínez Rea, MG

Los meses más recientes en la historia de la humanidad han estado marcados por los retos y sufrimientos ocasionados por la pandemia de COVID-19. Está de más mencionar aquí detalladamente los efectos devastadores que se han producido en los diferentes aspectos sociales, pues todos hemos sido testigos de ello. Muerte, desempleo, crisis económica, interrupción de actividades ordinarias por cierres y cuarentenas, etc., son solamente algunas de las formas en que hemos sido impactados en todos los niveles. Pero también se nos ha revelado la medicina que puede vencer a cualquier pandemia.

Esta situación global ha expuesto la vulnerabilidad del ser humano. Como bien dijo el Papa Francisco en su reflexión durante la bendición extraordinaria Urbi et Orbi el 27 de marzo: “La tempestad deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. Efectivamente, esa tempestad nos develó los falsos castillos que hemos construido en nombre del desarrollo humano, cuyos cimientos han sido la codicia, la ambición desmedida, la desigualdad, el ego, el consumismo y el abuso desenfrenado de la madre tierra.

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Y frente a este enorme castillo no hay nadie que pueda decir: “Yo no soy responsable”. El Papa Francisco nos hizo caer en la cuenta de que: “Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”. Y he ahí la bendita medicina para cualquier pandemia: saber que somos hermanos.

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Si vivimos de tal forma y bajo esa conversión de entendimiento, toda acción será expresada en términos de corresponsabilidad, solidaridad, respeto, comprensión, justicia, paz y, por supuesto, generosidad en el amor. Por otro lado, no nos sabremos hermanos si no somos capaces de orientar, como humanidad, la vida hacia el Señor. Es decir, si no procuramos la búsqueda de un enriquecimiento en la vida espiritual y lanzamos la mirada al cielo para reconocer que Dios es nuestro Padre, ¿cómo vamos a ver a los otros como hermanos y a amarlos como tales?

Un testimonio de solidaridad en Kibera

A propósito de esta reflexión iluminadora, quisiera compartir un testimonio de vida que el Señor me ha permitido atestiguar en estas tierras de la Misión de Kenia. Lo que les contaré, queridos Padrinos y queridas Madrinas, sucedió en la Parroquia de Cristo Rey, que se ubica justo en el barrio más pobre del país, el barrio marginal llamado Kibera, donde los Misioneros de Guadalupe realizamos nuestra labor evangélica.

A inicios de la devastadora pandemia, en el mes de marzo, cuando ya se respiraba un ambiente de tensión y zozobra por los efectos sociales y de salud que comenzaban a verse en el país, unas preguntas surgían entre la comunidad MG: ¿Qué será de estos países subdesarrollados, como Kenia, donde la infraestructura de salud es muy débil y la pobreza es aún extrema? ¿Qué sucederá si la pandemia azota a barrios marginales como Kibra, donde la gente vive al día y habita en lugares muy reducidos, y donde los servicios básicos, como el de salud, son escasos?

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Las iglesias se encontraban cerradas, así como las escuelas y otros lugares de servicio público. El desempleo seguía aumentando y muchos de los habitantes de Kibera ya no podían sostenerse y seguir viviendo en la ciudad; necesitaban salir a sus pueblos, pero en las fronteras entre estados todavía seguía bloqueado el paso. Aunque las preguntas estaban sin responder, sabíamos que nuestra tarea como misioneros era estar presentes y acompañando al pueblo.

En medio de esa situación, un día me encontraba en camino a la parroquia cuando Kennedy, un joven de 27 años que es miembro del grupo parroquial juvenil, me vio y me detuvo. Sabiendo que iba de regreso a la parroquia, me pidió que lo esperara para que llevara algo. Sin saber de qué se trataba, decidí esperarlo. Vi que se dirigió a una pequeña tienda y al regresar llevaba consigo una bolsa, y dentro de ella había una barra de pan y dos paquetes de leche. Me dijo: “Padre, estamos en unos momentos muy difíciles y sé que muchos de nosotros estaremos mirando a usted y a la Iglesia en espera de alguna ayuda”. Después, entregándome la bolsa, exclamó: “¡Tenga!, llévese esto para la primera persona que se acerque a usted con la necesidad de llevar algo a la mesa. Usted se lo podrá compartir”.

Este gesto de generosidad tocó mi corazón y le dije sencillamente: “Gracias, muchacho, esto alimentará a más de uno”. Recordé el Evangelio de Juan, donde se narra la multiplicación de los panes, y en especial a aquel joven que llevaba esos cinco panes y dos pescados. ¿Era eso suficiente para alimentar a toda la muchedumbre que sentía hambre? ¡Sí! La respuesta nos la muestra Cristo con su acción. Cualquier cantidad es suficiente cuando se da con desinterés y cuando hay gente como aquel joven que fue capaz de salir de sí mismo y ofrecer lo que llevaba con generosidad y amor.

Cuando recibí la bolsa de Kennedy también le dije: “Gracias por vivir tu fe”, y él respondió: “Padre, somos cristianos, somos hermanos”. Kennedy no se cuestionó si lo que daba iba a ser suficiente o no. Tanto él como su familia tenían necesidades propias, pero eso no le impidió salir de sí mismo y pensar en un hermano que podría estar más necesitado.

La iniciativa parroquial

Tiempo después, cuando volví a encontrarme con él, le compartí que el acto de generosidad que hizo desde su fe, desde su ser cristiano, sanará cualquier clase de pandemia: desde una pandemia como la de COVID-19, hasta las pandemias de egoísmo, codicia, consumismo, destrucción ambiental, injusticia y violencia. Kennedy, un joven ordinario, simplemente vivió su fe en Cristo, y cada acto sencillo pero arraigado en la fe y en el amor de Dios brilla como luz, disipa todas las tinieblas y nos lanza a mirarnos como hermanos para extender las manos en solidaridad.

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Al poco tiempo de aquel suceso, llamé a los líderes de la parroquia y compartí con ellos el testimonio de Kennedy, a raíz del cual lanzamos una iniciativa llamada Nyungu ya Mapendo, que significa ‘vasija de amor’, y que consiste en llevar artículos alimenticios para unirnos en solidaridad con el más necesitado y afectado por la pandemia, y, a pesar de la pobreza del parroquiano de Kibera, ofrecer con generosidad y amor algo al otro por el simple hecho de ser nuestro hermano.

Queridos Padrinos y Madrinas, la labor misionera tiene sus frutos y doy gracias a Dios por permitirme ser testigo de lo que se ha sembrado a través de la evangelización en corazones como el de aquel joven. No cabe duda de que actos como esos sanarán a la humanidad de cualquier clase de pandemia.

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