Sínodo Amazonia

Homilía de Mons. Rogelio Cabrera López en el Día del Padrino MG 2019

Transcripción de la homilía de Mons. Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey y presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM), pronunciada el domingo 6 de octubre 2019 en el Seminario Mayor MG, Ciudad de México, durante la Eucaristía del Día del Padrino y en el marco del 70 aniversario del Instituto de Santa María de Guadalupe para las Misiones Extranjeras:

“Hermanas y hermanos, primero, un agradecimiento a ustedes, hermanas y hermanos fieles laicos por su amor a Cristo, por su cariño a la Misión y por manifestar de muchos modos el cariño que tienen a los Misioneros de Guadalupe, su presencia lo significa y lo hace patente. Gracias hermanas religiosas por ser siempre buenas compañeras en la Misión. Hermanos sacerdotes, especialmente, padres misioneros de Guadalupe, que están celebrando con nosotros 70 años de historia formativa en este Seminario de Misiones.

El 7 de octubre de 1949 iniciaron su formación los primeros misioneros de Guadalupe. 70 años de historia misionera, de experiencia y de búsqueda, pidiéndole siempre al Espíritu Santo los ilumine para saber qué caminos tomar en la Misión, en medio de este mundo que cambia tan rápidamente y que exige nuevos modos de llevar la Misión.

Es necesario pedir por este Seminario, porque sin sacerdotes no hay Misión. Gracias hermanos Obispos por estar aquí presentes.

Desde el principio, los Misioneros de Guadalupe, recibieron una encomienda, una Misión, de parte de los Obispos de México y así sigue siendo ésta realidad, porque Misión significa envío, nadie misiona por propio gusto o cuando quiere y como quiere, la Misión es un encargo que recibimos de parte de Dios y de parte de la Iglesia.

El Obispo, los presbíteros, las religiosas y ustedes los fieles laicos comparten la Misión como una encomienda recibida de parte de Dios y a través de la Iglesia, por eso estamos presentes aquí los Obispos, para patentizar que Misioneros de Guadalupe es una obra de la Iglesia que camina en México y queremos mantener esta memoria viva y esta corresponsabilidad, porque México es misionero. México agradece a Dios el don de la Fe, por unos misioneros nos llegó la Fe aquí a México. Ahora a nosotros nos toca compartir con alegría el don recibido.

Es providencial que esta fiesta de los 70 años la celebremos en este Mes Misionero Extraordinario (MME), el mes de octubre, y al mismo tiempo compartiendo el inicio en Roma del Sínodo de la Amazonía. Todo nos hace ver que, si siempre la Iglesia ha tenido consciencia misionera, en este momento es todavía más claro y más fuerte. La Iglesia católica sabe que su esencia es misionera.

El que recibe tiene que compartir, el que recibe la Fe participa el gozo de creer a otros. Hoy la Palabra de Dios toca el punto esencial de la Misión, la Fe, porque, ¿qué es la Misión?, compartir la experiencia de la Fe, la experiencia de la presencia de Dios en nuestras vidas.

El apóstol Pablo, leyendo al profeta Habacuc, de quien hoy escuchamos la primera lectura, quiso presentar toda la visión de la Misión en torno a esas palabras del profeta: el justo vivirá por la Fe. Esas palabras impactaron al apóstol misionero de tal manera que todo su pensamiento, que toda la intensidad de la Misión, partió de esa frase, de esa experiencia, dirá san Pablo: no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para todo aquél que cree, del judío primeramente y también del griego, porque el justo vivirá de la Fe. Esa es la afirmación misionera más grande que podemos decir: el justo vive por la Fe.

El hombre y la mujer que confían en Dios tienen esperanza, tienen Fe, eso es lo que comparte un misionero en cualquier parte donde está, comparte la experiencia de la seguridad, de la certeza de que Dios está con él, que aunque vea y escuche un mundo amenazante, como lo dice el profeta Habacuc “escucho violencia por todas partes”, pero, después de todo, el justo vive de la Fe, el justo confía en el Señor.

El hombre y la mujer están seguros de que Dios camina por delante, la Fe es primero confianza, seguridad, certeza de que Dios existe y de que Él está con nosotros. Por eso, los apóstoles le dijeron a Cristo en una plegaria, que debemos tener también siempre en nuestros labios: Señor, auméntanos la Fe; porque el mundo que nos rodea parece que quisiera quitarnos la esperanza. Es tan difícil vivir hoy, como lo ha sido siempre, pero se requiere la Fe, es decir, la confianza en Dios, esa confianza en Dios que logra lo imposible, lo jamás visto.

Un árbol cortado de raíz que se planta en el mar, no podría haber una comparación tan contradictoria como ésa, pero esa es la Fe, creer en lo imposible, creer en aquello que nunca has visto y que el Señor lo puede. Por eso san Pablo, en la Carta a los Romanos, hablando de la Fe, dirá: la Fe es creer contra toda esperanza. Eso es lo que hace un misionero, lleva el sueño de la Fe y le dice al hermano, a la hermana: todo es posible, todo puede ser distinto, todo puede cambiar, confía en Dios, cree en él.

El apóstol Pablo, hoy también nos decía, que la Fe es renovar ese Espíritu recibido, el Espíritu del Amor. El misionero puede sostenerse porque ama, donde no hay amor no hay Misión, porque el que ama da la vida. El que ama puede hacer un éxodo, salir de su propia comodidad e irse a servir a un lugar totalmente extraño para él. Ésa es la Misión, fruto del amor, el amor que lleva a dar la vida.

En la capilla de aquí del seminario, están las fotografías de más de 30 misioneros de Guadalupe que han dado la vida porque han amado, que han dado la vida porque han creído, porque están seguros de que lo que quieren compartir fuera de México es una verdad que da vida y que da alegría.

Pero hoy, también, el Evangelio nos dijo algo desconcertante: la Misión es un servicio y al final de todo tenemos que decir con humildad “hice lo que tenía que hacer”; porque esta es la respuesta del hombre que cree y que ama, considerando que no lo hizo todo, que no lo pudo hacer todo, que hay siempre una limitación humana y que al final tenemos que reconocer ante Cristo nuestros límites. Soy un siervo humilde que hice lo que tenía que hacer.

Hermanas y hermanos, sigan queriendo a Cristo, a la Virgen María y a los sacerdotes, les invito a tener esta Fe, hay que pedir esta Fe, esta Fe que es confianza, que es amor y que es servicio. Esto es la Misión, es un acto de confianza en Dios, es un acto de amor y es una disposición de servicio.

Que el Señor siga acompañando a este grupo de sacerdotes Misioneros de Guadalupe, en este sueño misionero, en esta crisis de hoy, donde muchas personas ya no creen en Dios, ya no creen en Cristo y, por lo tanto, el sacerdote ya no les dice nada. Pero en medio de esta situación, como Habacuc, como San Pablo, terminamos diciendo “el justo vive de la Fe, el justo siempre confía” y es justo no porque sea bueno, sino, es justo porque declara que Dios tiene la razón, que aunque haya situaciones complicadas e imposibles, la Iglesia sabe salir adelante. La historia de la Iglesia lleva esa dinámica de subidas y de bajadas, pero siempre confiando en Dios.

Yo no sabría decir si hoy estamos arriba o abajo, pero como quiera hay una seguridad de que ustedes aman a Cristo, que ustedes confían en él, que ustedes quieren a su Iglesia católica, que le tienen grande amor a la Santísima Virgen María de Guadalupe y ustedes y nosotros juntos, junto a Cristo, junto a María, saldremos adelante. Somos como esos justos que viven de la Fe, que viven de la esperanza, de la confianza, del amor, y de la obediencia.

Que Dios los bendiga y gracias por tanto cariño a Cristo, a la Iglesia y a los sacerdotes”.